Una aproximación a los alrededores de Kars (Kurdistán turco): los confines de Turquía II.

En el anterior post sobre Kars me referí exclusivamente a la ciudad de Kars, pero la región en que se encuentra situada esta población se merece unos días de visita para conocerla.

La ciudad de Kars se encuentra situada en un lugar de grandes extensiones esteparias, donde difícilmente se puede ver un árbol, y donde predomina la vegetación baja y tierras de cultivo, recorridas de vez en cuando por rebaños de ovejas y de vacas que dan un toque de vida a la soledad que transmite este paisaje de llanuras onduladas sin fin, donde no se encuentra una sola sombra para resguardarse del sol, y donde el tiempo pasa muy lentamente.

Los pequeños pueblos que aparecen de vez en cuando transmiten un claro ambiente rural, de cierta pobreza encubierta, donde raramente se puede ver una mujer sin el correspondiente pañuelo en la cabeza, herencia de una tradición musulmana que perdura en estos lugares alejados.

Nos encontramos en el límite del territorio kurdo, que da paso a territorio de claras reminiscencias armenias, y mucho más allá georgianas.

Estos matices, importantes para las poblaciones kurda y armenia, pasan desapercibidos para el visitante que no demuestra interés o inquietud al respecto.

A muy pocos kilómetros está la frontera armenia, cerrada desde el año 1993, lo que todavía acentúa más la soledad de estos parajes, con la prohibición de paso impuesta por Turquía unilateralmente durante la guerra del Alto Karabaj en solidaridad con Azerbaiyán, a quien ayudaba militar y políticamente.

El silencio que existe en estos lugares esteparios es roto cinco veces al día por el canto del almuecín, que surge de forma inesperada desde los minaretes de las mezquitas que sobresalen entre las pocas casas que conforman cada pueblo de estas altas llanuras.

Una mañana, recorriendo estas llanuras esteparias, hicimos parar a nuestro conductor, entre otros lugares, en un pequeño cerro donde un pastor encaminaba su rebaño de ovejas.

El pastor, sin la ayuda de ningún perro, y con una habilidad que sólo proporciona la experiencia de muchos años, conducía el rebaño desde una balsa de agua donde había abrevado el ganado, hasta el cerro en cuestión.

Ferran y Ona estaban entusiasmados por la presencia de aquel centenar de ovejas, sobre todo Ferran, a quien los animales siempre le han gustado mucho.

Aquel pastor, a quien seguramente la soledad de su trabajo y del lugar no le permitía hacer muchas amistades, enseguida se dio cuenta de que Ferran no sacaba el ojo del ganado, y que estaba muy contento pudiéndose acercar y tocar a las ovejas.

Con la seguridad de un maestro en su oficio, aquel pastor decidió dar una breve clase de conducción de ovejas en aquel muchacho rubio que se había encontrado esa mañana, y así fue como Ferran, con sus cinco años, y después de superar su habitual prudencia en aquello que le es desconocido, condujo, por unos breves instantes, un rebaño de ovejas por aquella estepa turca (kurda o armenia, según interprete cada uno), ayudado, eso sí, por el que era su maestro momentáneo, pero manejando el bastón con una cuerda atada en su extremo, para que las ovejas siguieran el paso debido.

Después de estar con aquel pastor y sus ovejas, seguimos nuestra ruta, pasando por carreteras muy poco transitadas, y por pequeños pueblos de nombres efímeros: Karakas, Külveren, Basgedikler, Bekler, Bas Gedik, Bayraktar…

Paramos en un pueblo llamado Orta Gedik, sin ningún motivo, porque sí, para ver cómo era. Era un pueblo pequeño, tan pequeño que su mezquita no tenía minarete. Sus calles se veían dejadas, no eran más que parte de la estepa en la que no se habían construido ninguna de las pocas casas de una sola planta que conformaban aquella pequeña población.

En los muretes exteriores de algunas casas se podían ver algunas alfombras tendidas al sol. También había grandes montones de paja y muchas boñigas de vaca puestas a secar al sol.

En este pueblo, al igual que el resto que vimos, no se puede encontrar ninguna infraestructura, ningún tipo de servicio. Se limita a ser una agrupación de casas, con su mezquita, pero poca cosa más. Seguramente debe haber alguna pequeña tienda de abastecimiento, y el pueblo más grande del entorno quizás tenga algún servicio más que el forastero ni siquiera podrá apreciar. En todo caso la impresión es que para cualquier cosa importante la gente de estos pueblos tienen que ir a Kars.

Nuestra siguiente parada fue el pueblo de Yagkesen. En este caso nuestra parada sí tenía un motivo, y es que en este pueblo hay una antigua iglesia armenia, llamada Kizil Kilise.

La iglesia se encuentra en la parte más alta del pueblo. Se debe acceder por un camino que parece que sea la entrada a una casa particular. Había tres perros ladrando con cara de pocos amigos. El conductor dijo que no podíamos salir del vehículo, pero el caso es que no habíamos llegado hasta allí para irnos sin ver la iglesia, así es que, como los perros no eran de gran envergadura, saqué mi pequeño trípode para situaciones de emergencia (y aquella lo era), y bajé del coche con el trípode desplegado en una mano, esgrimiéndolo de forma amenazante contra aquellos perros. En un santiamén aquellos feroces perros desconocidos se habían convertido en unos simples animales domésticos que no se atrevieron a acercarse a nosotros.
Así pues, salvado aquel obstáculo, pudimos dirigirnos hacia la iglesia.

Impacta ver el estado de abandono en que se encuentra esta iglesia, la cual parece que se utiliza de almacén. Su interior estaba lleno de cosas y de utensilios diversos, ninguno de ellos relacionado con una iglesia. Incluso en su exterior, en una de sus paredes había muchos sacos apilados, y en otra había apiladas boñigas secas de vaca.

Las ventanas de la iglesia estaban tapadas con piedras, quedando su interior totalmente a oscuras. La impresión era que este antiguo monumento está totalmente abandonado, sin ningún mantenimiento, sin ninguna vigilancia por parte de las autoridades.

En la parte baja del pueblo había un arroyo, donde pudimos ver algunos de los pocos árboles que pudimos contemplar por aquellos parajes.

Seguimos nuestra ruta hasta llegar al pueblo de Ogüzlu, donde se elevan los restos de una antigua iglesia armenia. Sólo se conserva una parte de pared, pues en 1936 un terremoto la dejó muy dañada.

Paseando por el pueblo de Ogüzlu pudimos ver cómo los hombres hacían las tareas agrícolas, mientras las pocas mujeres que vimos estaban en sus casas, en la mezquita, o caminando por la calle (que no paseando) en dirección a algún u otro lugar determinado.

Aquella jornada que pasamos por los alrededores de Kars resultó muy enriquecedora, y si bien hay muchos otros lugares para conocer, un solo día de recorrido, el que uno crea más adecuado, será como mínimo necesario para conocer un poco toda esa región.

No he mencionado la ciudad abandonada de Ani, antigua capital del reino de Armenia, situada a 45 kilómetros de Kars, junto a la frontera armenia, porque para referirse a Ani hay que hacerlo en un post dedicado únicamente a la misma, cosa que haré próximamente.

Aquel día, de vuelta a Kars, desde el interior de nuestro vehículo, se veía pasar con lentitud aquel paisaje monótono que ofrecía la estepa cuando ya se acercaba el fin de la jornada. Pasada una carretera de tierra en mal estado, cuando la misma comenzaba a mejorar, vimos un rebaño de ovejas guiadas por su pastor. Ferran, desde el asiento trasero, enseguida señaló aquel rebaño, esperando tal vez que el vehículo parara para poder ejercitarse en sus nuevas habilidades adquiridas unas horas antes, pero lentamente, como el paisaje que lo rodeaba todo, el rebaño se fue alejándo hasta que desapareció, y la luz cálida de la tarde que iba disminuyendo indicaba que el día tocaba a su fin.

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4 pensamientos en “Una aproximación a los alrededores de Kars (Kurdistán turco): los confines de Turquía II.

  1. Bona entrada, tinc ganes de visitar aquesta part de Turquia. Quan vam estar per Erzurum i Dogubeyazit teniem pressa per arribar a Iran i ens va quedar pendent.

    Per cert, molt maca la foto del nen pasturant les ovelles!!

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