“Not spicy, please”.

Si algo se aprende viajando, es que no hay que ser muy tiquismiquis a la hora de comer. Obviamente hay que vigilar lo que se come por cuestiones de salud, pues no es muy agradable tener problemas estomacales, y menos aún alguna enfermedad grave. Pero hay que distinguir entre aquello que nos puede hacer daño, de aquello que no nos apetece pero es comestible.

Qué viajero no se ha encontrado alguna vez ante un plato que no es de su gusto? Puede pasar en una casa donde nos han invitado a comer o cenar, o en un restaurante donde nos hemos fiado de las recomendaciones de un tercero, o sencillamente por qué hemos sido atrevidos al pedir… sea como sea, si uno se ve obligado a comer uno de estos platos, se pasan unos momentos no muy agradables.

Y ya no digamos si hemos sido lo suficientemente osados como para pedir algún tipo de plato especialmente exótico (por decirlo de alguna manera)… Esto ya resulta ser más “profesional”, denota una predisposición a probar todo lo que se aleja de nuestro entorno cultural para adentrarnos en unas costumbres exóticas y extrañas (alguien añadiría otros calificativos, hablando siempre en términos culinarios).

El grado de predisposición de cada uno es muy personal. El más atrevido puede sacar pecho enseguida, pero a última hora siempre puede haber deserciones. Recuerdo un pequeño restaurante en un pueblo de China, donde tras pedir una serpiente entre varios, y de ayudar a matar la serpiente, despellejar-la, etc.; cuando nos la trajeron a la mesa, cocinada con un poco de salsa, uno de los comensales se levantó y nos dijo que ya volvería cuando nos la hubiéramos terminado. Sigue leyendo

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Una habitación de hotel apta para faquires (Siem Reap -Camboya-).

Era la tercera vez que iba a Siem Reap, y sabiendo que actualmente hay infinidad de hoteles y que se puede encontrar alguna oferta interesante, reservé por internet una habitación en un hotel que parecía una verdadera ganga.

Cuando reservé esa habitación no podía sospechar la sorpresa que me deparaba.

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Recuerdos de un viaje en tren por Vietnam.

Hace ya unos cuantos años, hice mi primer viaje a Vietnam. En aquel entonces aquel era un país muy poco turístico. Después de la “intervención” francesa y posteriormente americana en el país, éste quedó en cierto modo estigmatizado desde una visión occidental, como un país peligroso o poco amigo de las influencias occidentales, y, quizás por esta razón, por aquella época casi no había turismo en Vietnam. Lo cierto es que durante el mes que estuve viajando por todo el país, de sur a norte, fueron muy pocos los extranjeros que me encontré.

Después de pasar unos días en la antigua capital, Hue, disfrutando de la tranquilidad que ofrecía la ciudad y sus próximas playas, me dispuse a ir hacia Hanoi, su actual capital.

Hasta aquel momento no había viajado en tren por Vietnam, y pensé que sería la ocasión perfecta, pues podía realizar el viaje en tren nocturno, experimentando un nuevo medio de transporte en aquel maravilloso país.

Cuando subí al tren dejé la mochila y me alegré al ver que, al menos aquel vagón en que me encontraba, no iba lleno.

Al principio pude empezar a experimentar el calor que hacía en aquel vagón, pero más tarde, durante la noche, cuando empezó a hacer fresco, los pasajeros pudimos comprobar que no había suficientes mantas en el tren para todos. A decir verdad tampoco es que esperara que hubiera mantas o nada similar.

El tren avanzaba a una velocidad lenta, y así pude comprender ciertas historias a las que no había dado mucha credibilidad. Había leído que en los trenes de Vietnam había que ir con cuidado con los ladrones, razón por la cual debían de cerrarse las ventadas y puertas exteriores, pues debido a la poca velocidad de los trenes, los ladrones accedían al tren desde el exterior, y, después de realizar sus fechorías, volvían a salir de la misma manera que habían entrado. Sigue leyendo

Hermel, una población situada en el Valle de la Bekaa (Líbano): la hospitalidad libanesa.

Últimamente han ido apareciendo noticias en la prensa sobre atentados realizados en la ciudad de Hermel, una población libanesa situada en el norte del Valle de la Bekaa, muy cerca de la frontera con Siria.

El motivo de estos atentados, según las reivindicaciones hechas por sus autores (el llamado Frente Al-Nusra, una filial de la organización Al Qaeda que opera en Siria), es el hecho de que la región de Hermel es un feudo del grupo chiita libanés Hezbolá (o Hizbullah), y como represalia porque Hezbolá ayuda al régimen sirio de Bashar al-Asad.

La lectura de estas noticias referentes a los atentados en aquella población libanesa, me trae el recuerdo de los días en que estuve en aquella localidad, hace años, y de la hospitalidad que recibí por parte de sus habitantes.

Es cierto que si se viaja por el Valle de la Bekaa se puede apreciar claramente la total influencia de Hezbolá en aquella región, pero si bien para algunos países es un grupo u organización terrorista, para otros es un movimiento de resistencia legítimo contra ocupación israelí del Líbano, el cual incluso ha formado parte, como partido político reconocido que es en el Líbano, en el gobierno de ese país.

Dejando de lado toda la cuestión política, y entrando en el aspecto práctico de lo que un viajero puede encontrar en este lugar, mi recuerdo de esta región es el de una población que ofrece al viajero una hospitalidad con mayúsculas.

Llegamos a Hermel procedentes de Baalbeck. En aquellos tiempos no era un país muy turístico, no al menos por lo que se refiere al turismo occidental, y en el norte del país aún lo era menos.

Cuando llegamos a Hermel nos alojamos en un vivero de truchas que había en las afueras de la ciudad, donde alquilaban unas pocas habitaciones que tenían en el recinto. Fue el único lugar que encontramos para poder dormir, pues en toda la ciudad de Hermel no había ningún hotel.

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Una situación de emergencia en el centro de Damasco (Siria).

Rememorando viajes pretéritos, hoy me ha venido a la cabeza una pequeña anécdota que me pasó en Damasco ya hace unos cuantos años.

Hacía unos días que había llegado a Siria, y ese día me encontraba en medio de una plaza en una zona céntrica de Damasco. Había llegado hasta aquella plaza paseando, camino de la mezquita de los Omeyas, sin prisa, disfrutando de un paseo relajado.

Hacía calor. Me había parado en un puesto que había en la calle, en un lateral de la plaza, donde un hombre hacía algo de comida. Yo tenía un poco de hambre, así es que me había acercado para ver si había alguna cosa que me apeteciera para comer. Enseguida vi que había unas bolas de kibbeh. Eran unas bolas grandes, con buen aspecto, y mi estómago me convenció para comprar una de ellas.

El kibbeh es un alimento común en la zona de Oriente Medio y parte del Cáucaso, y consiste, básicamente, en carne picada de cordero con bulgur y especias. Sigue leyendo

Una habitación de hotel con sorpresa (Hué -Vietnam-).

Todos aquellos que estamos acostumbrados a viajar por diferentes regiones sabemos que en ciertos lugares (todos aquellos que no se encuentran dentro del llamado primer mundo), hay que tomar ciertas precauciones antes de coger una habitación en un hotel, sobre todo si se está buscando un hotel económico.
Aparte de preguntar por la habitación, si es individual, doble o triple, si hay baño dentro de la misma o éste es compartido, si tiene agua caliente… siempre es recomendable inspeccionar la habitación (una mirada rápida), para asegurarse de que cumple con los mínimos que estamos buscando.

Era un mes de agosto de hace ya varios años, y acabábamos de llegar a Hué provenientes de Da Nang, en un recorrido que hacíamos desde el Sur de Vietnam hacia el norte del país, de una duración aproximada de un mes.
Estaba viajando con otros tres catalanes que había conocido unos meses antes mediante un anuncio.

Escogimos un hotel que estaba en las afueras de la ciudad, lo que ya nos iba bien porque estábamos más cerca de zonas rurales, y desde allí alquilando unas bicicletas podríamos hacer unas buenas excursiones fuera de la ciudad. Sigue leyendo

Viaje a Irak, de Ammán (Jordania) a Bagdad.

Era el verano de 1989, hacía un año que había terminado la guerra entre Irán e Irak, y si bien entonces no podía saberse, sólo faltaba un año para la Primera Guerra del Golfo.

Habíamos llegado a Jordania desde Siria, después de hacer todo el trayecto por tierra desde Barcelona, cruzando toda Europa y Turquía. Nos habíamos conocido con mi compañero de viaje unas semanas antes de iniciar la aventura.

Irak era un destino muy lejano, uno de los lugares que me resultaban más fascinantes, y también, porque no decirlo, más complicados para acceder a él. Intentamos obtener un visado turístico en la embajada iraquí en Ammán, sin depositar grandes esperanzas. En la embajada nos dijeron que volviéramos en un par de días, y, efectivamente, al cabo de dos días nos concedieron el visado para poder entrar en Irak, sin ningún problema, y sin ni siquiera cobrarnos tasa alguna.

Poder viajar a Irak era casi como un sueño, era un destino donde se mezclaba la imaginación construida a partir de varias lecturas sobre aquellas tierras, y la cruda realidad de ser un país que acababa de pasar una guerra que había durado ocho años.

Hicimos el camino de Ammán a Bagdad en autobús. Durante el viaje nos dimos cuenta de que en aquel autobús iban muchos egipcios y sudaneses que querían trabajar en Irak. Nos dijeron que los sueldos que podían cobrar allí eran superiores a los que percibían en sus países de origen. Sigue leyendo