Una habitación de hotel con sorpresa (Hué -Vietnam-).

Todos aquellos que estamos acostumbrados a viajar por diferentes regiones sabemos que en ciertos lugares (todos aquellos que no se encuentran dentro del llamado primer mundo), hay que tomar ciertas precauciones antes de coger una habitación en un hotel, sobre todo si se está buscando un hotel económico.
Aparte de preguntar por la habitación, si es individual, doble o triple, si hay baño dentro de la misma o éste es compartido, si tiene agua caliente… siempre es recomendable inspeccionar la habitación (una mirada rápida), para asegurarse de que cumple con los mínimos que estamos buscando.

Era un mes de agosto de hace ya varios años, y acabábamos de llegar a Hué provenientes de Da Nang, en un recorrido que hacíamos desde el Sur de Vietnam hacia el norte del país, de una duración aproximada de un mes.
Estaba viajando con otros tres catalanes que había conocido unos meses antes mediante un anuncio.

Escogimos un hotel que estaba en las afueras de la ciudad, lo que ya nos iba bien porque estábamos más cerca de zonas rurales, y desde allí alquilando unas bicicletas podríamos hacer unas buenas excursiones fuera de la ciudad.

El hotel, cuyo nombre ya no recuerdo, se veía bien. De construcción antigua, pero de buen aspecto.
Siguiendo las pautas habituales, en el momento de decidirnos por coger una habitación en aquel hotel, miramos una de ellas, comprobamos que tenía cuatro camas, un baño dentro de la misma, agua caliente, toallas limpias… perfecto, acabábamos de encontrar una buena habitación, y el precio era muy correcto.

Así pues, subimos las mochilas y empezamos a instalarnos en aquella recién inspeccionada habitación. Yo me había sentado sobre la cama y estaba guardando mi documentación, ni siquiera había sacado nada de mi mochila, cuando Jose comenzó a gritar de forma alarmante.

Los tres nos giramos para ver qué pasaba, y la imagen era de película: Jose estaba delante del armario que había en el fondo de la habitación, apoyado de espaldas sobre su puerta, con los brazos en cruz, y con una expresión de miedo, bueno, mejor dicho, de pánico.

Los otros tres compañeros de viaje le preguntamos que le pasaba, y él, sin separarse de la puerta del armario en ningún momento, con una expresión atónita, nos dijo que dentro del armario había un avispero enorme.

Nuestra primera reacción fue de incredulidad, pero al ver que la expresión de su cara no cambiaba, y que cada vez estaba más nervioso, abandonamos nuestra perplejidad inicial y dimos credibilidad a sus palabras. No sabía decirnos si había muchas avispas, pues gritando nos decía que no se había detenido a contarlas (normal, claro). En cuestión de segundos ya estábamos organizados para salir como un rayo de aquella trampa mortal.

Jose no quería apartarse de la puerta del armario por miedo a que salieran las avispas, pues la puerta no cerraba bien. Por tanto quedamos en que saldríamos los otros tres de la habitación, y le dejaríamos el camino de salida limpio de trastos, con la puerta abierta para que pudiera salir corriendo de la habitación detrás nuestro, haciendo el mejor sprint de su vida, y nosotros cerraríamos la puerta así que hubiera salido.
Así lo hicimos. Una vez fuera de la habitación los cuatro, y con Jose ya más calmado, nos dimos cuenta de que con las prisas las mochilas se habían quedado dentro. Nadie de los cuatro estaba dispuesto a entrar a por ellas.

Llamamos a los encargados del hotel. Acudieron dos chicos, muy serviciales, que al oír la historia mostraron su total incredulidad sobre la existencia de un nido de avispas dentro del armario de aquella habitación.

Uno de ellos entró a mirarlo, pero nosotros le dijimos que en primer lugar tenía que sacar nuestras mochilas. Así lo hizo, con un gesto de desgana y ante las sonrisas de su compañero de trabajo.

Su expresión era de no saber qué decir ante las tonterías que le estaban contando aquellos extranjeros, y obviamente pensando que en un minuto aclararía toda aquella absurda historia del avispero.

Nosotros, cuando tuvimos nuestras mochilas, ya nos vimos salvados, y entonces le dijimos a aquel escéptico que tuviera cuidado. Él se adentró en la habitación con una sonrisa en la boca y moviendo la cabeza de lado a lado.

Apenas habían pasado unos segundos (el tiempo necesario para llegar al fondo de la habitación, abrir el armario, y retroceder corriendo hacia la puerta) que aquel escéptico salía de la habitación sobresaltado y sin la sonrisa que le había acompañado hasta entonces, y lo primero que hizo, antes de decir nada, fue cerrar la habitación con llave.

Con una cara muy seria mantuvo una breve conversación en vietnamita con su compañero de trabajo que le estaba esperando en el pasillo, haciendo compañía a aquellos extranjeros tan extravagantes, que ahora resultaba que tenían razón.

Aunque le preguntamos por aquel avispero, no pudimos obtener ninguna respuesta concreta, y sencillamente nos ofrecieron otra habitación.

Nosotros pusimos como condición que la nueva habitación estuviera lo más lejos posible de la primera. Cuando llegamos a la nueva habitación, sin inmutarse, lo primero que hicieron fue abrir el armario y enseñarnos que en aquella habitación no había ningún avispero.

Así pues, ante experiencias como ésta, hay que tener presente que cuando se inspecciona la habitación de un hotel, aparte de mirar las cosas habituales, no hay que descartar mirar también el interior del armario por si acaso guarda dentro del mismo alguna sorpresa que no sea de nuestro gusto.

Por cierto, nuestra estancia en aquel hotel fue muy agradable, y yo en ningún momento vi ni una sola avispa.

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