“Not spicy, please”.

Si algo se aprende viajando, es que no hay que ser muy tiquismiquis a la hora de comer. Obviamente hay que vigilar lo que se come por cuestiones de salud, pues no es muy agradable tener problemas estomacales, y menos aún alguna enfermedad grave. Pero hay que distinguir entre aquello que nos puede hacer daño, de aquello que no nos apetece pero es comestible.

Qué viajero no se ha encontrado alguna vez ante un plato que no es de su gusto? Puede pasar en una casa donde nos han invitado a comer o cenar, o en un restaurante donde nos hemos fiado de las recomendaciones de un tercero, o sencillamente por qué hemos sido atrevidos al pedir… sea como sea, si uno se ve obligado a comer uno de estos platos, se pasan unos momentos no muy agradables.

Y ya no digamos si hemos sido lo suficientemente osados como para pedir algún tipo de plato especialmente exótico (por decirlo de alguna manera)… Esto ya resulta ser más “profesional”, denota una predisposición a probar todo lo que se aleja de nuestro entorno cultural para adentrarnos en unas costumbres exóticas y extrañas (alguien añadiría otros calificativos, hablando siempre en términos culinarios).

El grado de predisposición de cada uno es muy personal. El más atrevido puede sacar pecho enseguida, pero a última hora siempre puede haber deserciones. Recuerdo un pequeño restaurante en un pueblo de China, donde tras pedir una serpiente entre varios, y de ayudar a matar la serpiente, despellejar-la, etc.; cuando nos la trajeron a la mesa, cocinada con un poco de salsa, uno de los comensales se levantó y nos dijo que ya volvería cuando nos la hubiéramos terminado.

Pues sí, es cierto que hay comidas que se alejan de nuestros estándares, los cuales siempre conllevarán un mayor o menor grado de dificultad para nuestro paladar, y sobre todo para nuestros prejuicios frente a todo lo desconocido, pero no nos engañemos, no es este el problema principal para el paladar del viajero, el verdadero enemigo, aquel contra el cual es difícil luchar, no es otro que el picante.

Seguramente algún lector pensará que no es para tanto, pero será algún lector mexicano, indio, o de algún otro país donde el picante ya forma parte de su cultura culinaria.
Para un europeo, la comida picante puede llegar a ser un verdadero problema en ciertos países.

Cuántas veces viajando no hemos podido comernos un plato por exceso de picante?

En muchas culturas el picante forma parte de su tradición culinaria, y para ellos es normal que la comida sea picante. Lo que para ellos “no pica” para nosotros es “picante”. Lo que para ellos “pica” para nosotros es incomible.

Algunas veces sí que nos apetece la comida picante, otras veces la podemos tolerar, pero siempre hay momentos en que no nos apetece y no estamos dispuestos a aceptarla.

Nuestra mentalidad occidental nos lleva a pensar que esto tiene fácil solución. Qué fácil es decirle al camarero: “not spicy, please”; y problema solucionado. Pero la cosa no es tan sencilla. La experiencia de todo viajero es que, cuando te limitas a pedir que la comida no sea picante, tienes un 99% de probabilidades de que la comida que te lleven sea picante.

Obviamente que si no se quiere comer picante, lo primero que hay que hacer es manifestarlo así en el restaurante, pero luego hay que remarcar con énfasis esta cuestión; señalar tu estómago haciéndole saber a la persona que te atiende que “no puedes” comer picante (aunque no sea cierto); también es bueno señalar algunas salsas que estén a la vista en el restaurante y decirles que no quieres salsas picantes; abrir la boca y hacer los gestos correspondientes que provoca el picante para que vean que no se acepta; utilizar la palabra “no” siempre que se pronuncie la palabra “spicy”, “chilli”, “hot”, o similar…; y repetirlo todo 4 o 5 veces.
Después de todo esto, si estamos de suerte, no será necesario repetirlo a otra persona que vendrá a ayudar a nuestro interlocutor, y quedaremos esperando que traigan la comida.

Llegados a este punto, el viajero novato quedará tranquilo, convencido de que hoy no comerá nada picante. En cambio, el viajero experimentado seguirá con la duda de si la comida que llevarán será o no será picante; pero al menos su experiencia le dará la seguridad de que ha hecho todo lo que era necesario y posible para lograr el resultado propuesto.

Al final, cuando lleven la comida, el viajero novato se pondrá una porción generosa de aquel alimento en la boca, y comprobará incrédulo que aquello es una bomba, mientras mirará de reojo al viajero experimentado, que apenas habrá probado el plato para comprobar lo que ya se pensaba: “esto pica”.

En fin, si algo se aprende viajando, es que en cuestión de comida hay que adaptarse, y si bien a veces puede ser complicado encontrar lo que uno busca, normalmente la práctica hace que se consiga comer sin problemas.

Por cierto, no hay que bajar nunca la guardia. Tras conseguir que te traigan un plato sin ningún ingrediente picante, hay que estar atento al entorno, no sea que, como nos pasó en un restaurante de un pequeño pueblo del noreste de Camboya, el camarero, tras de afirmar que el plato es “not spicy”, tome una salsa picante, pimienta u otro ingrediente similar, y lo ponga por encima de la “comida no picante”. No sabrás nunca por qué lo ha hecho, qué es lo que entendió, pero el plato ya habrá cambiado de “no picante” a “picante”.

En todo caso, no hay que olvidar que “lo que no mata, engorda”.

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