Una desagradable sorpresa en la habitación de un hotel de Damasco.

Acabábamos de llegar a Damasco. Se estaba haciendo de noche. Habíamos intentado encontrar una habitación en dos hoteles, pero uno estaba lleno, y el otro parecía cerrado. Era un día festivo. Un chico nos vio ante este segundo hotel, y, con signos muy gráficos, nos dijo que abandonáramos el intento para encontrar una habitación. Nos indicó que le siguiéramos, y fue él quien nos llevó hasta un hotel donde sí que encontramos una habitación doble.

Si bien la habitación tenía un aspecto viejo, y no tenía baño, en la misma había dos camas, que era lo importante, e incluso tenía un lavabo donde lavarse las manos.

La ducha estaba en el pasillo, y no la describiré porque es mejor no recordarla.

Parecía que todo nos había ido bien. Habíamos llegado desde Turquía, y teníamos ganas de descansar.

Hacía horas que no comíamos, así que busqué dentro de mi mochila una secallona del Pallars (un fuet o longaniza seca para aquellos que no lo conozcan) que me había reservado para una ocasión especial, y el hecho de haber llegado a Damasco parecía que era “lo” suficientemente especial como para empezar a degustar esa delicia celosamente guardada en el fondo de la mochila desde hacía muchos días.

Mientras mi mano buscaba aquel festín dentro de la mochila, se me hacía la boca agua pensando en el primer mordisco que le daría así que pudiera.

Por fin la localicé entre la ropa, medio escondida, como si no quisiera ser encontrada. Aquella secallona pallaresa, junto con algunas latas de atún, eran las provisiones de emergencia que había cogido antes de salir de viaje.

Qué decepción me llevé cuando la saqué de la mochila. Ya había quien había empezado a disfrutar de aquel embutido. Estaba llena de hormigas, no sé de dónde habían salido, pero lo cierto es que me habían fastidiado el momento.

Deshice la mochila para sacar todas aquellas hormigas. De hecho casi todas estaban en la secallona. Ya sabían lo que se hacían. Después de dejar la mochila limpia y de sacar todas las hormigas de la secallona, ​​mientras miraba si esta última estaba en buenas condiciones, sentí la necesidad de ir a lavarme las manos. Por algo teníamos un lavabo en la habitación. Al menos para lavarse las manos no hacía falta salir al pasillo.

Antes de lavarme las manos tuve la curiosidad de mirar con desaguaba aquel lavamanos, pues no se veía ningún tubo en la pared. Enseguida vi que el desagüe se hacía en aquel cubo de color verde que había debajo del lavabo, que recogía el agua que caía.

Entonces miré en el interior de aquel viejo cubo verde, pues desde lejos se veía oscuro. La imagen que vi todavía la recuerdo ahora. Docenas y docenas de cucarachas estaban reunidas en el fondo de aquel cubo. Sólo se veía su color oscuro, el fondo del cubo era imposible verlo. Era sencillamente repulsivo, a no ser que seas un botánico especializado en escarabajos, claro.

Llamé a mi compañero de habitación, que al ver el interior de aquel cubo la cara le cambió.

Seguramente os preguntaréis que hicimos. Si pedimos que nos cambiaran de habitación, o si decidimos cambiar de hotel, o si llamamos al servicio del hotel… pues no, nada de eso. Nos limitamos a abrir la puerta de la habitación, y con la seguridad que te da saber que en pocos metros de distancia no puedes fallar una tirada a portería, le pegamos una patada a aquel cubo que salió disparado por la puerta de la habitación y fue a parar al pasillo.

También recuerdo aquella imagen: docenas y docenas de cucarachas corriendo por aquel pasillo, entrando en las diferentes habitaciones que tenían las puertas abiertas, y aquel viejo cubo de color verde rodando por el suelo.

Mientras aquellos escarabajos buscaban nuevos lugares donde esconderse, nosotros nos limitamos a cerrar la puerta de nuestra habitación y tirarnos sobre nuestras respectivas camas para descansar.

A fin de cuentas no son nuevas sensaciones las que se buscan al viajar? Había que tomárselo así, pues a esas horas y después de lo que nos costó encontrar aquel hotel, no estábamos dispuestos a buscar otro. Y como dice el dicho: “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Por cierto, hay que decir que durante los dos días que estuvimos en ese hotel no volvimos a ver ningún otro escarabajo en la habitación.

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