Erzurum, la capital de la Anatolia Oriental (Turquía).

El bus de Yusufeli que nos tenía que llevar hasta Erzurum salía a las nueve de la mañana de la plaza central del pueblo.
El trayecto hasta Erzurum duró tres horas. Ona aprovechó para “marearse” dos veces, pero enseguida se recuperó.

La modernidad del autobús que hacía el transporte y del vestir de muchos pasajeros, contrastaba con las tradicionales vestimentas negras que cubrían algunas mujeres, igual de tradicionales, por otra parte, que el bigote que llevan la mayoría de los hombres turcos.

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Después de elegir un hotel, bastante céntrico, salimos a conocer la ciudad. Nos fue imposible encontrar algún restaurante abierto, pues era Ramadán, y aquel era el último día del mes. Los próximos tres días serían la fiesta del Eid al-Fitr, y casi todas las tiendas de Erzurum estarían cerradas, bancos incluidos.

Tuvimos suerte del hotel donde nos alojamos, pues nos ayudaron a cambiar moneda y a conseguir los billetes de tren para ir a Divrigi (nuestro siguiente destino), pues en la estación de tren tampoco encontramos a nadie que vendiera billetes, bueno, de hecho no encontramos a nadie. Nos dijeron que cuando llegara el tren sí que habría alguien, pero mientras tanto parecía que todo el mundo hacía fiesta.

La ciudad de Erzurum sorprende, pues lo que parece que ha de ser una gran ciudad impersonal, sin muchos atractivos, con 400.000 habitantes, la ciudad más grande de Anatolia Oriental, resulta ser una ciudad muy interesante.

Esta antigua ciudad armenia, denominada en aquella época Karin, pasó a formar parte del imperio romano en el año 387, recibiendo el nombre de Teodosiópolis el año 415. Durante la dominación árabe (período del 700 al 949) la llamaron Kali.

Debido a su situación de cruce de rutas entre Constantinopla (al oeste), Rusia (al norte) y Persia (al este), la ciudad, a lo largo de la historia, ha visto pasar ejércitos armenios, romanos, persas, bizantinos, árabes, turcos, selyúcidas, mongoles y rusos.

Erzurum está situada en una meseta, a 1.850 metros de altitud. Su clima es continental, con veranos calurosos e inviernos muy fríos.

A pesar de ser Ramadán, encontramos un “restaurante” abierto, un Burger King. Como los peques tenían hambre entramos a hacer una comida rápida, y luego fuimos caminando hacia la Yakutiye madraza. Después de pagar las 3 liras turcas que costaba la entrada (los niños no pagan), entramos en esta céntrica madraza que actualmente es un museo etnográfico y de artes turco islámicas. Esta edificación está muy bien conservada y se agradece la temperatura agradable que hay en su interior en comparación con el bochorno de la calle.

La próxima visita fue escogida por los peques: unos hinchables que estaban entre la Yakutiye madrasa y la Lala Mustafa Passa Camii. Después de un rato (un largo rato), proseguimos el camino hasta la Lala Mustafa Passa Camii. Era el momento en que terminaba la oración, y empezaron a salir todos los fieles. Tuvimos que esperar un buen rato, y mientras los musulmanes iban saliendo, daban bolsitas de caramelos a los peques.

Respecto al origen de todas aquellas bolsas de caramelos, resulta que, normalmente, por tradición, cuando se cumple el aniversario de la muerte de un musulmán, su familia dedica la oración al difunto y regalan unas bolsas de caramelos o dulces a todos los que van a la mezquita.

Cuando la entrada de la mezquita estuvo más vacía, decidimos entrar. Nos sentamos un rato dentro de la gran sala, sobre la alfombra, y mientras tanto algunos musulmanes nos fueron dando más bolsas de caramelos.

Al salir de aquella mezquita fuimos caminando por la calle principal (Cumhuriyet Caddesi), y paramos en otra mezquita, la Caferiye Camii, la cual es más pequeña pero con el encanto de las antiguas mezquitas turcas bien cuidadas y solitarias.

Seguimos caminando hasta la Ulu camii, la gran mezquita. Esta mezquita, construida en el año 1179, es muy grande, y está llena de grandes columnas que delimitan los diversos pasillos que conforman el interior de la mezquita. Caminar sobre las alfombras de su interior, entre las columnas, da una sensación de amplitud y bienestar, y quedarse un rato sentado en algún rincón, o junto a alguna columna, transmite la sensación de paz que realmente se busca en un lugar de culto.

Al lado de la Ulu camii está la Cifte Minarelli Medresse, quizás el monumento más emblemático de Erzurum, donde no pudimos entrar porque estaba en restauración. Mirando a la otra parte de la calle, en dirección norte, se veía la Erzurum Kalesi, que visitaríamos al día siguiente.

La Erzurum Kalesi (castillo de Erzurum), se encuentra situada en lo alto de una colina. Después de pagar las 3LT que cuesta la entrada (los niños no pagan), se puede visitar la fortaleza y también subir a un minarete, el Tepsi minaret, desde donde hay muy buenas vistas de la ciudad.

Paseando desde el castillo en dirección sur, y después de pasar por el lado de la Cifte Minarelli Medresse y la Ulu camii, se llega a las tres tumbas, llamadas Üç Kumbetler, que quedan detrás de la Cifte Minarelli. Son tres tumbas donde no se puede entrar, sólo se pueden visitar exteriormente.

Pasar unos días en Erzurum fue muy agradable, paseando por sus calles, por su centro histórico, y cuando apetecía parando para tomar un “çay” o para comprar algunos dulces en alguna de sus cuidadas pastelerías.

Cuando comentamos al encargado del hotel donde nos alojábamos que nuestra intención era ir a Divrigi al cabo de dos días, nos aconsejó reservar hotel, pues Divrigi es muy pequeño y en aquella época sería muy difícil encontrar alojamiento. Él mismo hizo unas cuantas llamadas y nos reservó hotel, regateando el precio.

Cuando llegamos a la estación para tomar el tren en dirección a Divrigi, ya era mediodía, y la estación de tren no estaba vacía como hacía unos días atrás, sino que había un encargado que nos dio los billetes de tren, y algunos otros pasajeros con quienes compartiríamos el vagón de tren hasta llegar a Divrigi.

El tren llegó con pocos minutos de retraso, y en medio de las carreras de algunos jóvenes turcos, los cuatro, con los dos peques delante, subimos al vagón que nos tocaba. Unos minutos después, conforme el tren arrancaba y aceleraba, nos íbamos alejando de aquella región de Anatolia Oriental donde nos habíamos sentido tan bien, y nos dirigíamos hacia la Anatolia Central.

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