De Tash Rabat a Kasgar, tercera y última jornada en la ruta de Biskek hacia Kasgar, cruzando el paso de Torugart (Kirguistán).

La noche había sido húmeda y fría, pero aquellos paisajes de montaña desnudos y silenciosos, alejados de la civilización, reconfortaban el espíritu. El vaso de té con leche bien caliente que nos llevaron a la yurta también ayudó a reconfortar el cuerpo a esas horas de la madrugada.

Una pequeña estufa oxidada que había en la entrada de la yurta, que se alimentaba de heces de vaca, no había hecho su servicio aquella noche.

El día había despertado nublado, húmedo, y con una lluvia intermitente… un tiempo que no dejaba ver la lejanía.

No tardamos más de media hora para plegar las mantas y alfombras que nos habían hecho de cama, poner la mesa y desayunar.

Dejamos la yurta e iniciamos lo que tenía que ser el último día de trayecto hasta llegar a Kasgar, cruzando el paso de Torugart.

La lluvia nos fue acompañando durante el camino. La carretera no estaba en mejores condiciones que el tiempo. Sasha, el conductor de nuestro vehículo, llevaba prisa desde el momento en que nos levantamos, pues la frontera kirguís sólo podía cruzarse entre las doce y la una del mediodía.

Las primeras horas por aquellos caminos de tierra, bajo aquella lluvia insistente, se hicieron un poco largos, pero los paisajes que se dejaban ver cuando la niebla esparcía, ofrecían el aliciente que todo viajero busca por aquellas alejadas tierras.

Pasamos un primer control kirguís antes de llegar al puesto fronterizo propiamente dicho. El control fronterizo estaba ubicado en un edificio que se encontraba unos kilómetros antes de la frontera. Nos hicieron rellenar un formulario y pasamos controles de pasaportes tres veces. Después de salir de las instalaciones kirguisas recorrimos unos siete kilómetros de tierra de nadie hasta llegar a un control chino, donde no dejaban pasar si no se tenía un transporte chino al otro lado.

En la frontera kirguís-china no había más movimiento que algún camión cargado de chatarra que pasaba de vez en cuando. Los militares chinos que vigilaban aquel paso fueron muy claros: no pasaríamos por allí si no llegaba algún transporte chino al otro lado de frontera que nos pudiera llevar.

Aquel lugar era un paraje desolado, sin ningún lugar habitado muchos kilómetros a la redonda. Habíamos llegado al paso de Torugart, situado a 3.750 metros de altitud.

El Torugart Pass es un paso fronterizo que, por razones climatológicas, sólo se puede cruzar desde finales de mayo o principios de junio hasta septiembre. Está clasificado como un paso de segundo grado, reservado al tráfico local, no internacional, y hay regulaciones especiales para los extranjeros.

Pasaba el tiempo mientras esperábamos la llegada de algún transporte chino. Nos dijeron que debido al mal tiempo se habían producido desprendimientos de tierra por el lado chino, y la carretera estaba cortada y no podían pasar los vehículos.

Esperamos junto al control fronterizo chino, dentro de la furgoneta, durante seis horas y media. Durante este tiempo pudimos disfrutar de las más diversas inclemencias meteorológicas: nieve, lluvia, fuertes vientos, y también pequeños ratos de sol. Sasha nos dijo que se quedaría con nosotros hasta que llegara el transporte chino.

La situación era curiosa, pues nos habían sellado los pasaportes de salida de Kirguistán y no nos dejaban entrar en China. Estábamos en tierra de nadie. Durante aquellas seis horas y media de espera, subieron varias veces, desde el puesto fronterizo kirguís, algunos oficiales kirguises, para decir a los chinos que nos dejaran pasar. Una de las veces uno de los militares nos dijo que si no podíamos cruzar la frontera ese día nos dejarían dormir en sus instalaciones.

Pasaba el tiempo y no sabíamos qué pensar, cuando de repente aparecieron unos novios, él militar chino, que venían hasta allí para hacerse fotos y cumplir con una tradición de limpiar un pequeño monumento que había en el lugar. Hasta ese momento los militares chinos no nos habían permitido hacer fotos. A partir de ese acontecimiento cambiaron las normas y pudimos utilizar la cámara fotográfica. Aquella pequeña fiesta nos amenizó un poco la espera.

Cuando ya pensábamos que tendríamos que pasar la noche en las instalaciones fronterizas kirguisas, llegó una furgoneta desde el lado chino. Los militares chinos nos dijeron enseguida que ya podíamos cruzar la barrera que tenían puesta, y subir a ese vehículo. Nosotros nos despedimos de Sasha y corrimos con las mochilas hacia aquella furgoneta que nos tenía que llevar hasta Kasgar (Kashgar, en chino Khasi).

A partir de ese momento nos esperaba un camino de incertidumbres, con algunos desprendimientos de tierra que bloqueaban la carretera, camiones atascados en el barro, con subidas y bajadas del vehículo debido al mal estado de la pista, a veces empujando para salir del barro.

El paisaje era seco y pelado. El mal tiempo de la mañana fue dando paso a un cielo más tranquilo y azulado al atardecer.

Encontramos un control chino a unos diez kilómetros de la frontera, donde nos revisaron de nuevo los pasaportes. Este antiguo control aduanero no evitó que, bastantes kilómetros más allá, cuando ya llevábamos más de dos horas de camino desde la frontera, nos hicieran parar en lo que era el nuevo control aduanero, donde nos sellaron la entrada en el país y nos revisaron las mochilas.

Llegamos a Kasgar de noche y cansados. Habíamos recorrido unos setecientos kilómetros desde Biskek, por unas carreteras silenciosas, con una personalidad ganada año tras año, invierno tras invierno, pero atravesando unos paisajes que sólo la imaginación puede hacer realidad.

La llegada a Kasgar supuso un pequeño shock respecto a la soledad que habíamos vivido aquellos últimos días, pero por otra parte habíamos conseguido un hito, habíamos llegado a un lugar especial, un lugar situado en una región que hace décadas era calificada como uno los lugares más desconocidos y de difícil acceso del planeta, pero un punto de referencia: el lugar donde cada domingo se celebra el mercado más famoso del continente asiático, vestigio de antiguas épocas en que las caravanas de la ruta de la seda paraban en este enclave situado en el extremo oeste del desierto de Taklamakán y a los pies de las altas montañas del Pamir.

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